La fiesta artificial

Fuente: Proceso 

Por José Gil Olmos 

 

Por segundo año consecutivo, el gobierno de Enrique Peña Nieto se ve en la necesidad del acarreo de miles de personas transportadas desde varios municipios del Estado de México, para rellenar a medias el Zócalo de esta ciudad y montar un escenario artificial en el tradicional Grito de Independencia, repicando las campanas y lanzando los nombres de quienes encabezaron el movimiento de 1810.

También es el segundo año que el Ejército se apodera de la Plaza de la Constitución y establece un férreo sistema de seguridad y vigilancia, que en esta ocasión incluyó la revisión corporal de niños –como si fueran un peligro o una amenaza de “niños bomba”–, lo que representa una clara manifestación de miedo y, al mismo tiempo, de violación a los derechos humanos de los infantes y también de todos aquellos que fueron cacheados antes de poder ingresar a los bloques que los militares organizaron para tenerlos controlados.

La necesidad de recurrir al viejo recurso del acarreo a fin de rellenar la plaza más importante del país y celebrar la gesta de la Independencia en un escenario creado para darle una imagen de aceptación, expresa precisamente el alejamiento y el rechazo social que Peña Nieto tiene desde que llegó a la presidencia y que se ha extendido luego de la aprobación de las reformas constitucionales, especialmente la energética.

Las cadenas de televisión bajaron el sonido cuando comenzaron a expresarse los gritos de repudio a Peña desde abajo del balcón presidencial en Palacio Nacional. La mayor parte de los periódicos y estaciones de radio tampoco quisieron registrar estas manifestaciones espontáneas de la gente que no está de acuerdo con la gestión del priista.

A pesar de estos actos de autocensura movida por intereses económicos y políticos, es evidente que Peña Nieto no es un presidente que goce de la simpatía popular y, al parecer, eso no le interesa pues confía en que el viejo aparato de cooptación de su partido el PRI volverá a tener resultados favorables para las elecciones del 2015 y seguir manteniendo el control en la mayoría de los estados y en el Congreso de la Unión.

Pero el acarreo y la cooptación no alcanzan a tapar la evidente baja de aprobación del gobierno de Enrique Peña Nieto que se ubica en 47.6% de la población y que en los últimos tres trimestres han registrado una caída constante, de acuerdo con una encuesta de Consulta Mitofsky.

Peña Nieto es el primer presidente de las últimas administraciones con un rechazo social de más del 50% de la población. Desde agosto del año pasado cuando tenía 57.3% de aprobación, Peña Nieto ha perdido cerca de 9 puntos porcentuales en las mediciones del último año.

Es evidente que Peña Nieto es uno en la imagen oficial y otro en la realidad. En el discurso se presenta como un presidente modernizador y capaz de enfrentar los problemas más agudos del país. Pero en los hechos se expresa como un político incapaz de resolver los temas de la violencia y la inseguridad, de la crisis económica y el desempleo.

La encuesta de Consulta Mitofsky difundida hace unas semanas indica que 74% de los encuestados cree que la situación económica del país es mala, mientras que 75% considera que la situación de seguridad en la nación es reprobable.

El acarreo al que ha incurrido Peña Nieto no sólo es reprobable porque convirtió en festejo artificial lo que antes era una fiesta popular, lo que muestra la necesidad que tiene de tapar el rechazo social que tiene su gobierno en apenas su segundo año.

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